Cómo una institución para mujeres migrantes me ayudó a ver las opciones que existían en el extranjero

Cómo una institución para mujeres migrantes me ayudó a ver las opciones que existían en el extranjero

Ilustración por Alejandra Aranda Castro. 

Cuando te cambias de país, dentro de tu expatriación, hay dos formas de ver y vivir las cosas. La primera es tratar de ver siempre el lado positivo y esperar pasar tranquilamente todos los pasos burocráticos y demoras que puedas tener en la obtención de tus papeles y visas. La segunda, es como la viví yo, que tuve que cambiarme de país con mi familia cuando mi hija tenía apenas 4 semanas de vida, teniendo que sacar un pasaporte para ella, y yo, volviendo a tener que sacar todos los papeles de nuevo en un nuevo país donde no manejas, ni el idioma, ni sus códigos culturales. Una verdadera pesadilla.

Viví 1 año y medio sin hacer más que preocuparme de la casa, sin salir a ninguna parte porque no conocía a nadie, no manejaba bien el dialecto y me encontraba con una depresión post parto la cual no podía tratar por falta de dinero. Mi mamá me vino a ayudar en ese tiempo, porque sabía que me sentía sola y desesperanzada. Estuvo 3 meses con nosotros en Viena pero como había hecho un gran esfuerzo económico, no pudo quedarse más y tampoco  es que le haya gustado mucho la vida de aquí, le hizo mal la comida y el clima.

Esa fue la única vez que ella me ha visitado, de los 5 años que ya llevo viviendo en Viena. Creo que después de que se fue mi mamá, la depresión empeoró, me dio mucha más tristeza estar tan lejos y darme cuenta que realmente no tenía a nadie con quien hablar más que mi hija de 10 meses. Mi esposo trabajaba por turnos, a veces de noche y dormía de día, otras semanas toda la tarde y no lo veía al llegar en la noche.

En un momento sentí que no podía más. Aprender el idioma para mí era imposible por falta de dinero y tiempo. A esto se le sumaba que no tenía lugar donde dejar a mi hija, y además me daba miedo tratar de comunicarme con los austriacos, porque muy rara vez quieren hablar en inglés y si no les entiendes, te levantan la voz en vez de repetir más lento lo que no entendiste. Por otro lado, la falta de amigas, la diferencia horaria con mi país de origen, la falta de familia en este país, hacía que todo fuera cuesta arriba para mí. De cuando en cuando, podían venir mis suegros algún fin de semana de Alemania o mi cuñado de Gran Bretaña, pero nunca más de  tres días. 

La soledad y la tristeza me pasaron la cuenta, nunca olvidaré ese día en que mi esposo tenía mucho estrés por sobrecarga laboral y yo estaba realmente agotada entre la maternidad y las labores de hogar. Ese día recuerdo que discutimos, ya que ambos estábamos cansados y de un momento a otro, empecé a sentir que no podía parar de llorar y que no podía respirar. Tuve  mucho dolor en el pecho y le pedí a mi esposo que llamara a una ambulancia, realmente mi mente y mi cuerpo estaban agotados. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Después de ese episodio, decidí buscar ayuda, pero en español, porque ya no soportaba más hablar en inglés o tratar de comunicarme en alemán.

Después de googlear muchos días, encontré una asociación sin fines de lucro que decía tener asesoría para mujeres migrantes de habla hispana. Recuerdo que les escribí un email y me dieron cita para la semana siguiente. Para mi grata sorpresa, todas las personas que trabajaban ahí eran mujeres y hablaban español.

La asociación se llama Lefö, es una organización feminista creada en 1985 por mujeres exiliadas. Ofrecen asesoría y asistencia a las mujeres inmigrantes, así como también defensa de sus derechos. Actualmente también ayudan a trabajadoras sexuales y afectadas por la trata de mujeres, recibiendo también a mujeres de otros países vulnerables de Europa.

“Me sentí otra vez acompañada y al fin sabía cómo funcionaba el sistema en este país. Lo mejor de todo es que me lo explicaron en mi idioma y de buena manera, cosa que hace tiempo extrañaba”.

Al llegar al lugar, me recibieron con mucho cariño y me explicaron un montón de cosas que yo no sabía. Ahí supe, por ejemplo, que había un grupo para aprender alemán, financiado por el estado en el cual podías ir con tus hijos, el programa se llamaba “Mama lernt Deutsch“. También me informaron que todas las mujeres que son mamás en Austria, tienen derecho a una cierta cantidad de dinero por cuidar de sus hijos. Y el broche de oro para mí, fue saber que ellos tenían un servicio psicológico, sin fines de lucro, doctora especialista en homeopatía.

Me asesoraron para llenar los documentos necesarios para recibir el beneficio económico, me indicaron cómo postular para acceder al curso (al que nunca pude ir porque siempre estaban llenos los cupos, pero esa es otra historia) y me inscribieron para la ayuda psicológica sin fines de lucro, 2 veces por mes.

Me sentí otra vez acompañada y al fin sabía cómo funcionaba el sistema en este país. Lo mejor de todo es que me lo explicaron en mi idioma y de buena manera, cosa que hace tiempo extrañaba.  La cordialidad de los latinos, es una de las cosas que más extraño. 

 Recuerdo que una vez hicieron una feria de las pulgas y le comenté a mi esposo que quería retribuir de alguna forma toda la ayuda que me habían dado. Él también estaba feliz con la idea, porque vió cómo mi ánimo había cambiado desde que las había conocido. Así que me decidí y fui. Ese día conocí muchas mujeres lindas, todas de distintas partes de Latinoamérica, de hecho ahí conocí a una de mis mejores amigas de acá, quien hasta el día de hoy es como mi familia, ha estado en todas y gracias a ella tengo el cupo en la guardería donde está mi hija actualmente. 

Claro, porque esa es otra cosa que yo no sabía, aquí en Austria, debes inscribir a tu hijo a la guardería más cercana de tu domicilio desde el momento en que sabes que estás embarazada. Como mi hija llegó a las 4 semanas de vida, yo no tenía cupo para la guardería. 

Yo no tenía idea tampoco que en Austria la gente planificaba con tiempo tener hijos, es más, las mujeres y hombres prefieren tener perros o gatos, y las mujeres que quieren tener hijos lo hacen después de los 30 o 35 años, o incluso más. Hasta el día de hoy, muchos me encuentran muy joven para tener una hija de 5 años (tengo 35),  y cuando comenté en Alemania a mis amigas europeas que quería ser mamá, muchas me preguntaron si es que pertenecía a alguna Iglesia, porque no entendían que siendo tan joven quisiera tener un hijo.

Además de existir esta maravillosa institución, este año apareció MILAT, quienes asesoran también a migrantes, guían paseos para hispanohablantes, organizan exposiciones y actividades para los niños, ofrecen talleres de deporte, fotografía, entre otras cosas. También enseñan alemán con profesores hispanohablantes.

En un futuro cercano me encantaría trabajar en alguna de estas instituciones porque me gustaría retribuir toda la contención, información y ayuda que recibí en uno de los momentos más difíciles de mi expatriación

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