Mi vida en dos ruedas

Mi vida en dos ruedas

Ilustración por Alejandra Aranda Castro.

Llegar a una ciudad con las características de Amsterdam sólo supone una cosa, subirse a una bicicleta. No logras abrazar y ser parte de esta ciudad si no vas en dos ruedas, recorrer las callecitas, cruzar los canales, sorprenderte con esos pequeños negocios de barrio que te maravillan de sólo pensar en su existencia ya que tienen esa calidez de la vida de antaño. Esa familiaridad de conocer a quién le compras y que sepan qué compras.

Ciertamente, la bicicleta forma parte de tu integración en la capital de Los Países Bajos, siempre llegarás más rápido, más oxigenada y sin duda de mejor ánimo, resultado de haber hecho algo de ejercicio, pero lo que la bicicleta realmente aporta es esa sensación de libertad.

La primera brisa de aire que llega a tu cara cuando das los primeros pedaleos, esa sensación es impagable, ¡felicidad pura!. No tienes que esperar por el tranvía o bus y hacer un trayecto más largo para llegar a tu destino final, sino que por el contrario tienes la garantía de poder detenerte si olvidaste alguna compra o cambiar de sentido si quieres descubrir una nueva ruta. Aparcar la bicicleta es gratuito y existen cientos de lugares para ello, todas las áreas de la ciudad están habilitadas para las bicicletas, no así para los autos o el transporte público. 

Y sí, te vas a mojar, porque en este país la lluvia es prácticamente parte de la identidad nacional, pero muy pronto te acostumbras a ello porque entiendes que no es la lluvia lo que va a detener tu actividad sobre ruedas sino que será el viento.

Me resulta increíble pensar que hace un tiempo atrás, mi vida cotidiana transcurría arriba de un auto, incluso cuando las distancias no lo requerían. Jamás imaginé que mi forma de movilizarme sería en dos ruedas, o tres, dependiendo si llevo a mis hijos conmigo o no, con ellos uso mi “backfiet” una bicicleta familiar, es como si un carrito de helados y una bicicleta hubiesen tenido un hijo, mis helados son mis hijos que van sentados dentro de un carro situado en la parte delantera de la bici sobre dos ruedas, luego vengo yo, madre que pedalea con la ayuda y comodidad de un motor eléctrico y la rueda trasera.

Es más, nuestra “backfiet” ha sido incluso testigo de rutas familiares, esta vez los niños y yo de pasajeros y mi marido de ilustre conductor, de recordarlo me sonrío, nada nos detuvo a la hora de salir a explorar, o de hacer un panorama.

Toda esta maravillosa transición que les cuento me costó: Tres caídas fuertes, del tipo que las personas que te ven no se ríen al verte caer sino que te van a ayudar, de verdad mal, moretones y dignidad maltratada, y una fractura en el pie que me dejó con un yeso y muletas por ocho semanas, flor de experiencia en una ciudad que es adorable pero en la que no quieres estar enyesada, porque estás sola.

Mi primera y segunda caída se sucedieron, prácticamente, con cinco metros de distancia entre la una y la otra, así de fatal.  Fue una de mis primeras salidas nocturnas y prácticamente debutando mi primera bicicleta aquí. Me sentía lo máximo, saldría con una amiga a un lugar muy entretenido al que nunca había ido.

Recuerdo que aún tenía problemas para doblar, sé que suena un poco extraño pero no lograba doblar bien hacia la derecha, y eso que yo soy diestra, y tenía poca pericia para frenar porque esa bicicleta tenía un freno manual sólo a la izquierda y el otro era de pedal. Éste segundo, nunca lo usaba, no tenía la costumbre y la verdad que hasta hoy no lo encuentro cómodo. Y para completar la descripción, no lograba bajar la velocidad de la bicicleta sin perder el equilibrio.

“Ciertamente, la bicicleta forma parte de tu integración en la capital de Los Países Bajos, siempre llegarás más rápido, más oxigenada y sin duda de mejor ánimo, resultado de haber hecho algo de ejercicio, pero lo que la bicicleta realmente aporta es esa sensación de libertad. La primera brisa de aire que llega a tu cara cuando das los primeros pedaleos, esa sensación es impagable, ¡felicidad pura!.”

Traducción: Necesitaba ir rápido sino no lograba mantenerme arriba de la bici, eso sin contar que sentía que la bicicleta era alta para mí, pero la verdad es que no lo era, y pesaba un montón, eso si era real y no producto sólo de mi exageración y poca familiaridad con este nuevo medio de transporte que se incorporaba a mi vida.

“Ve adelante y yo te sigo, no conozco el camino”, le dije a mi amiga, y ella me respondió: “Pero vamos juntas y así nos vamos conversando”, claramente no me encontraba en el nivel de experto en el manejo de bicicletas así que rechacé la adorable propuesta y añadí: “Además no sé señalizar aún, lo he intentado practicar pero cuando intento sacar una mano del manubrio pierdo el control”. No vamos a profundizar en la cara de espanto con la que fui mirada porque a estas alturas ha dejado de ser relevante, pero podemos resumir que es un riesgo que arrastra la honestidad.

Es muy habitual ver en las ciclovías a los amigos conversando mientras pedalean, a las parejas de enamorados tomados de la mano o apoyando su mano en el manubrio del otro y así pedaleando al ritmo de sus corazones. Es lejos lo más romántico que he visto, yo ni de broma lo intento.

Logré llegar al lugar sin dificultades, me sentía grandiosa, no bebí ni una gota de alcohol, no quería arriesgar que mis sentidos se salieran de órbita, sabía que tenía que recorrer un trayecto inmaculado de regreso a mi casa. Al volver hubo tramos en el que me relajé e incluso conversamos y me di cuenta que es posible no chocar o pasar a llevar con tu rueda a quien va pedaleando al lado tuyo. Ella iba adelante, y yo la seguía, hasta que mi amiga tuvo que frenar repentinamente porque un ciclista se metió en la ciclovía inesperadamente. Como mi fuerte no era frenar, la adelanté, y como caballo de carrera seguí hacia adelante.

Crucé calles y avanzaba rápido para alcanzar las luces verdes, haciendo lo posible para no enfrentarme a tener que frenan o disminuir la velocidad de mi conducción. Al ser relativamente nueva en la ciudad, todas las calles me parecían casi las mismas, además yo tenía la certeza que aún me quedaba una calle más y luego debía doblar.

Para mi desgracia no era así, y sólo sentí un grito que me decía “hey nooo”, lo primero que pensé fue que un auto se aproximaba y podría chocar. Estaba por entrar a un cruce de calles, me asusté, frené rápido y me caí. Aún me duele al recordarlo, y escuché “mevrouw, bla bla bla” de un grupo de jóvenes. Quién sabe qué dijeron, pero seguramente ofrecían ayuda, se veían preocupados.

No sé qué me afectó más, si el dolor de la caída o que me dijeran señora. Claramente no fui la más rauda en levantarme, mi mente quería saltar y ponerse de pie y mi cuerpo hacía caso omiso, mi amiga se acercó: “¿Estás bien?”, me preguntó, y lo único que le dije fue: “¿Me dijeron señora?, ¡pero qué falta de respeto!”.“Vamos boluda, te acompañaré hasta tu casa”. Cinco metros más adelante me volví a caer, pero ya con la experiencia adquirida, me levanté sin problemas. Esa bicicleta la vendí, y fui feliz al verla partir. 

Tengo la sensación que los holandeses nacen con una bicicleta, siento que es como una extensión de su propio cuerpo, los he visto hacer las cosas más insólitas mientras van en ellas, trasladar un colchón entre dos como quien lleva una mochila en los hombros, ir con la maleta de viaje mientras vas pedaleando, comer, llevar ambas manos en los bolsillos de la chaqueta porque hace muchísimo frío, llevar con una mano el paraguas para no mojarse mientras andan en bici, y muchísimas más.

Admiro su habilidad, realmente disfruto al verlos hacer cosas que para mí resultan insólitas, y también agradezco el que hayan compartido conmigo esa sensación de libertad que sólo sientes cuando a tu bicicleta la haces parte de tu vida.

karla zapata sasso

8 comentarios en «Mi vida en dos ruedas»

  1. Que hermoso relato recordé mi experiencia en Ámsterdam de visita en casa de mi hija un dia fuimos de paseo al parque y me subi por primera vez a una bicicleta o como ella lo nombra a un carrito, me anime por supuesto en el carrito llevaba a mis dos hermosos nietos ellos felices y me animaban a que yo siguiera a pesar de mi poco equilibrio pedaleando zigzagueba demasiado y veía con asombro como las personas que pasaban a mi lado me sonreían al darse cuenta de mi poca o nula experiencia así llegué al final del parque muy feliz de haber logrado lo que les había prometido a mis nietos. Recuerdo sus voces diciéndome tú puedes Abue.

    1. Hola Mercedes,
      muchísimas gracias por tu hermoso relato, pues es muy valorable el esfuerzo que hiciste de ir en bicicleta para acompañar a tu hija y tus nietos. Viviste en carne propia parte de la cultura Holandesa. Te dejamos un abrazo muy grande y muchas gracias por seguirnos.

  2. Qe belleza y qe linda vida. La naturaleza es vida. Nosotros como seres humanos es poco lo qe apreciamos este regalo.
    Creo qe el constante descubrir es vivir la vida en el deporte en una bicicleta. Y en mi caso personal. El arte.
    Felicitaciones por tu vida y a pedalear por todo ese bello pais.

    1. Hola Nora, mil gracias por tu comentario, pues tienes toda la razón a veces nos olvidamos de las bondades que nos brinda la naturaleza, que basta con hacer algo simple como andar en bicicleta para volver a conectar con los parques y lo verde. Que bueno que este artículo te haya llevado a esta reflexión, y por cierto a valorar todo lo que tenemos a nuestro alrededor. Te dejamos un abrazo muy grande y bienvenida a la tribu.

  3. Felicitaciones!! Realmente hermoso el relato…está todo tan bien descrito …que me parecía que estaba qhí, evidenciando lo genial que es el pedaleo…..y sin duda las emociones que conlleva el andar en bicicleta y recorrer cada rincón de Amsterdam ….la calidez de cada uno de ellos!!

  4. Gracias por compartir tu experiencia, realmente disfruté al leerte como si fuera yo andando en la bicicleta, incluso en la caída, ouch! Jajaja. Qué rico tener la oportunidad de recorrer así tu ciudad cotidianamente y que este medio de transporte sea el prioritario. A mi esposo le fascinan las bicicletas desde niño y yo lo disfruto mucho también pero no fué sino hasta nuestra llegada a Canada que lo incorporamos a nuestras actividades de fin de semana junto a nuestras hijas claro, siempre que el clima nos lo permite. Felicitaciones por tan ameno relato!
    Un abrazo

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